Duarte en la Biblioteca
Voces y ecos
Por Rafael Peralta Romero
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En el penúltimo día del mes, fue colocado en la Biblioteca Nacional un busto de Juan Pablo Duarte, el fundador de la República Dominicana. Falleció el 15 de julio de 1876 y en 2026 se cumplieron ciento cincuenta años de la pesarosa efeméride. El Gobierno inició la conmemoración el de 15 de julio con un acto en el Palacio Nacional encabezado por el presidente Luis Abinader.
Incluyó la presentación del libro Democracia constitucional y el lanzamiento de una medalla conmemorativa del sesquicentenario. Los actos han seguido y ayer, tenía que ser en julio, correspondió a la Biblioteca Nacional Pedro Henríquez Ureña recibir a Duarte. Llegó en un busto esculpido por Eduard Severino, donado por la Comisión Permanente de Efemérides Patrias.
En el marco de esa conmemoración, la colocación de un busto del Patricio en el vestíbulo de la Biblioteca Nacional es un gesto altamente significativo. Existe una relación sustantiva entre la figura de Duarte y la idea de biblioteca. Nada de la vida nacional puede ser ajeno a la Biblioteca Nacional, como templo que es del conocimiento.
Antes que político y antes que militar, Duarte fue un lector formado en Europa que entendió el libro y la palabra escrita como instrumentos de emancipación. Fue un gestor cultural. Empleó el teatro para los planes independentistas. El libro sirvió entre sus herramientas de lucha para formar conciencia de lo que era una república.
Trajo libros de su estancia en Europa y los dio a leer a sus compañeros de la Trinitaria. Duarte no solo es parte fundamental de la historia dominicana, por su obra libertaria, sino que también está inserto en nuestra cultura. Dirigió el proceso de crear una nación independiente, concibió su nombre República Dominicana y su lema Dios, patria y libertad.
Lo más importante para la decisión de colocar el busto no es que JPD fuera gestor cultural, escritor o que su colección personal de libros haya servido para elevar el nivel de conocimientos de los muchachos de la Trinitaria. Lo más importante es que la efigie de Duarte, como su doctrina y su legado, no pueden ser ajenos a nadie que sea dominicano y se precie de serlo
Duarte es un ícono común de la dominicanidad, el punto de convergencia en nuestras divergencias. Perpetuar su imagen física conlleva el compromiso de aceptar y poner en práctica su pensamiento político, el cual guarda plena vigencia y puede servir como un reconstituyente para el fortalecimiento de la democracia y el orden institucional de la República Dominicana.


